sábado, 20 de diciembre de 2008

LA GRAN AUSENCIA (A mis padres)

Qué tristeza tan profunda nos embarga, cuando aquellos seres entrañables que nos dieron la vida, se alejan de nosotros; se van, para adentrarse en el infinito camino de una nueva vida, de una vida inmaterial, pero llena de luz y esperanza divina.

Y nos quedamos aquí, añorando su amada presencia, añorando su cariño y su atención; aquellos pequeños detalles, que con la ausencia se hacen inmensos y memorables. Nos quedamos, reviviendo recuerdos de momentos vividos y añorando los que quedaron por vivir, las pequeñas ausencias, las palabras no dichas, los gestos no demostrados y los besos no dados; unas veces por las prisas, otras por las inhibiciones no superadas y muchas otras, por las preocupaciones que rondaban nuestras vidas, que no le dejaron paso a disfrutar los momentos de alegría y regocijo que significaba el solo hecho de estar juntos. El hecho de saber que somos tan importantes los unos para los otros y que el valor de su sola presencia, no tiene medida.

Hoy, ya no contamos con sus palabras, con el brillo de sus ojos, un poco apagados ya por el paso de los años, pero siempre atentos; atentos a todas nuestras necesidades, a cualquier atisbo de preocupación en nuestras vidas, la que a veces les escondíamos un poco, para alejar ese mismo velo de preocupación de su vida, que ya había cumplido su misión para con nosotros.

Hoy, que ya no están, a veces quisiéramos volver el tiempo atrás, volver a aquellos años de infancia cuando todavía no habíamos sido tocados por los rigores de la vida, una vida que aunque al final siempre se torna hermosa, tenemos a veces que transitarla cruzando por caminos difíciles. Volver a aquellos años en que veíamos la vida tras el velo protector de su cariño y sus enseñanzas, protegidos por las alas de su amor. Pero ya habiendo recorrido ese camino hasta aquí y habiendo contado con su valiosa compañía la mayor parte de ese camino, no nos queda más que darles las gracias por habernos dado la vida, por habernos dado su ejemplo, por haber sembrado en nosotros sus valores morales y espirituales y sobre todo, por habernos dado su amor, todo su inmenso amor!
Que Dios los bendiga!

Con amor,
Su hija

A mis padres, Adolfo (1905-90) y Juana Bautista (1917-97)

Que de Dios gozan!
Galatea-E
Junio 1998

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